28 octubre 2006

Hace ya 10 años.

El mayor de mis cachorros (me apropio del término de una muchacha que llama así a su hijo), cumplirá mañana 10 años.

Justamente, es éste el que me está llevando por el camino de espinas...la preadolescencia, dicen, irrumpe a los 9 años en los niños y dura hasta los 11, momento en que empieza la adolescencia, que va de los 12 a los 15. Tortuoso. Todo aquel que tiene hijos mayores que los míos coinciden en decirme que esto va ahora de mal en peor, y les creo. Cuando mis retoños tenían 2 y 3 años, por ejemplo, yo me quejaba del trabajo físico que eso requería, incluidas las noches en vela con medicaciones diversas. Y ya entonces me decían que lo peor estaba aún por venir. Entonces no les creí. Ahora me he dado cuenta que tenían razón.

Sucede que llevo ya 10 años ejerciendo de madre, por supuesto compaginado con el papel de mujer trabajadora a jornada completa y partida en un despacho, ama de casa sin mujer de la limpieza en ningún momento, y esposa de un marido. Evidentemente durante estos diez años no he tenido tiempo para mí en casi ningún momento. Haced números..las horas que tiene el día y las innumerables tareas que debía realizar. Aún así he tenido mis hobbies marujiles que he podido realizar a partir de las 12 de la noche (en la mayoria de ocasiones), como corte y confección, ganchillo, punto de cruz, y media. Además también me ha gustado mucho leer, afición que realizaba en mis trayectos de transporte público de una hora de ida y otra hora de vuelta.

Hace tres años, cuando mis cachorros ya empezaban a ser más independientes, con 6 y 7 años, hice una serie de cambios en mi vida, coincidiendo con un traslado de la empresa en la que trabajo. Mi vida volvía a pertenecerme, o al menos eso creía. Pero solo era un espejismo. La libertad que su autonomía me ofrecía, sirvió para poder realizar las tareas domésticas con anterioridad, y poder dedicarme a mis cosas antes de las 12 de la noche. Hasta incluso en un arranque de optimismo y euforia, me apunté al año siguiente a Tai-Txi un día por semana de 20 a 22 horas. La pretensión de disfrutar de mi tiempo era otra utopía más. Después de levantarte antes de las 7, correrte la maratón de preparar bocatas, prepararme el tupper, hacer camas, levantar niños, hacer que desayunen y se vistan, y llegar al cole antes de las 9, para coger la moto y llegar al trabajo antes de las 9:30. Currar de 9:30 a 18:30 con una hora para comer, y salir de allí corriendo para recoger a los cachorros allá donde estuvieran (dícese esplais, inglés o en casa), menos el día de Tai-Txí, que llegaba allí y antes de que pasara una hora, mi cuerpo y mi mente sólo deseaban llegar a casa, ducharme y descansar. Aguanté todo el curso...

Pues bien, este nuevo curso en el que estamos, me las daba más felices que nunca. Más grandes, más autónomos y más ocupados que nunca (no solo extraescolares todos los días, sino deberes a diario en cantidades industriales), podrían permitirme no tener que correr, poder desconectar con más frecuencia, y volver a retomar las riendas de mi vida, aunque solo fuera por unos ratitos. Pero no. Resulta que la pre-adolescencia conlleva un estado de rebelión que hace que el niño bueno y educado de siempre se convierta en mi 'torturador', recriminándome todo lo que hago para mí misma, cuestionándose todas mis normas y omitiendo la aceptación de mis exigencias. Resumen, un pasota al que se la suda todo, que consigue sacarme de mis casillas, crearme una tensión que solo podría solucionar...sin tener que ir a trabajar cada día, con pasta, o volviéndome autista. De estas tres opciones estoy practicando la del autismo, todavía sin éxito.

A veces miro la situación...la vida en general y pienso que nada de lo que ocurre tiene sentido. O como mínimo no tiene gracia. Ninguna gracia.

Mañana mi cachorrillo cumplirá los diez...y el primer regalo que recibiremos será una hora más.

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