07 febrero 2007

Sensación

Hace ya dos días que al levantarme por la mañana, después de mis actos rutinarios de primera hora, justo en el momento de llevarme el vaso de café a los labios, noté aquella sensación. No era dolor, era una molestia de difícil definición, justo en el pómulo derecho, donde el hueso es más prominente.

En un principio, y dado que hacía nada que me había levantado de la cama, no le di mayor importancia, quizás alguna arruga de la ropa había dejado allí su huella.

Sin embargo, durante el transcurso del día, en los momentos en que mis movimientos faciales afectaban a esa zona, seguía la misma sensación. Entre el hormigueo, la quemazón, el escozor, la presión…una sensación sumamente extraña.

Cuando a la noche llegué por fin a casa, justo antes de meterme en la ducha para dejar el día por zanjado e iniciar la noche, me miré en el espejo. Nada anormal. Ningún signo de lesión se podía apreciar. Pero la sensación persistía e incluso se había hecho más intensa en las horas pasadas. Me toco la zona, y la sensación de hormigueo junto con decenas de agujitas clavándose en ella me hace volver a mirar. Esta vez observo de cerca el reflejo del espejo. Pecas y poros, nada más.

Cuando las evidencias son inexistentes, lo más sencillo es olvidarlo. Y eso hice. Me metí en la ducha, el agua fresca alivió el quemazón que tenía en la zona. Cené y procuré ni masticar demasiado ni reír demasiado, ya que la molestia estaba empezando a ser leve dolor.

Ayer se repitió todo de idéntica manera al día anterior, sólo que el dolor era ya eso, dolor. Pero no encontré tampoco pruebas que poder mostrar a nadie, ya que a todo el que le preguntaba si veía algo raro en esa zona me decía que no.

Hoy se que algo está ocurriendo. Hoy es diferente. Me he levantado con un fuerte y atornillante dolor en el pómulo derecho, y cuando intento sonreír no puedo. Mi parte derecha de la cara está paralizada. Me echo agua fría, me acaricio la cara con un algodón bien impregnado en agua caliente, me masajeo la zona con los dedos, me pongo crema hidratante, me doy suaves golpecitos con las yemas de los dedos. No hay respuesta. De ningún tipo.

Intuyo que los nervios me están jugando una mala pasada, así que me pongo un café que para mí tiene un efecto relajante. Con el vaso en la mano voy camino del ordenador. Voy a pedir hora ahora mismo para el médico de cabecera a través de la red.

En el preciso instante en que me siento en la silla dejando los brazos ya directamente sobre la mesa, uno de ellos con el vaso del café, noto ‘la sensación’ en todo mi cuerpo.

Estoy paralizada, casi por completo. Parece ser que mis manos han conseguido escapar al efecto de la sensación. Sólo puedo escribir lo que me está pasando, confiando que alguien llegue antes de que se paralice algo dentro de mí. Pero si eso no ocurriera

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