Al teléfono
El otro día salí de excursión por mi ciudad acompañada de mi ya inseparable cámara digital (cosas del boom fotoblogs y fotoposts, por cierto que lo de bitácora y lo de entrada está empezando a gustarme cada vez más). Pues bien, el caso es que andaba pendiente desde hace semanas de encontrar una cabina de teléfonos como la de la imagen (no quedan casi de esas por Barcelona, ahora son sin estancia acristalada), porque quería contar una historia que me pasó en una de ellas.
Debía ser el invierno de mis catorce años. Nos pasábamos el día entero en la calle, jugando o charlando, pero siempre en la calle. Horas y horas de ocio que llenar. Fue ese invierno el que empecé a fumar de forma habitual comprando cigarrillos sueltos en el quiosco, Ducados a peseta Fortuna a tres. Fumaba Ducados, con cinco pesetas que nos daban entonces para 'salir' lo juntábamos entre tres que éramos las 'gamberrillas' y fumábamos a pachas cigarros que parecían porros. A veces llegábamos a la boquilla y nos quemaba hasta el humo de lo pasao que estaba el pobre....
En fin, que una tarde de sábado y como premio, habíamos comprado un paquete entero de ducados (a Maite le habían dado 25 pesetas un familiar que había venido de su pueblo), y nos sobraban las 5 pesetas de cada una. A mí se me ocurrió una idea '¿Qué os parece si llamamos a alguien y nos reimos de quien lo coja?'. A falta de nada mejor que hacer y puestas de Ducados hasta las orejas, allí que nos fuimos, a la cabina del parque (El parque fue el parque de mi infancia que hace años cambió para que las rondas lo atravesaran). Yo, muy lista y muy lanzada, cogí el duro de Franco plateado y lo metí en la máquina. A todo esto, imaginaros tres adolescentes llenas de hormonas, con un paquete de ducados por primera vez y una caja de cerillas, metidas en el cubículo de la cabina. Creo que hice más de una llamada antes de encontrar un interlocutor, aunque no estoy segura de ello. Sí en cambio tengo claro que marcando un número al azar (o varios) conseguí que me cogiera el teléfono una voz de hombre (entonces hombre para mí era todo aquel que pasaba de los 18) que muy amablemente se puso a conversar conmigo, siguiendo el rollo. En el fondo el chaval que estaba solo en casa estaba disfrutando de lo lindo de imaginar tres chicas pendiente de él. Se llamaba Paco (cosas de la vida) y tenía la voz más linda que había oido yo nunca. Las demás no quisieron coger el teléfono, agitadas por una risa nerviosa que no acababa de entender, sólo estábamos hablando por teléfono y él no nos veía. Aguantó estoicamente hasta que se acabó el duro y el pitido nos anunció el adiós, no sin antes pedirle que nos dijera cuál era su número, ya que habiendo picado los números al azar no recordábamos cual había sido la combinación ganadora. Me dijo su número con su aterciopelada voz al tiempo que mi piel se erizaba. Anotamos el número en el paquete de Ducados
Esa fue la primera vez que hablé con Paco por teléfono, pero no la última. Recuerdo incluso haber llamado yo sola más de una vez, sin haber depositado ni una peseta, sólo por escuchar su voz al contestar 'Digame' (qué tiempos cuando se contestaba así al descolgar el teléfono) justo antes de que el sonido de la moneda que no cae (por no existir) cortara la comunicación. Fantaseaba con él, le ponía cara y cuerpo, y en las ocasiones en que pudimos dedicarnos a hablar (es decir cuando renunciaba a fumar para pagar por oírle) su voz era capaz de despertar hasta el último vello de mi cuerpo a su antojo.
Lo mejor de esta historia de la cabina del parque, es que estaba situada justo frente a un bar de barrio de los que son habitados por hombres únicamente, que jugaban a las cartas o al dominó. Y que aunque la cabina tenía su cubículo cerrado, lo cierto es que entre las ventilaciones de abajo y los gritos que dábamos las hormonasagitadas con piernas, la confidencialidad no existía. Ahora recuerdo, también, que cuando los móviles no existían, el control de las llamadas que uno recibía en casa era tremendo '¿Está Paco?' 'Sí, de parte?' Joer, que estaba claro que sabía toda la familia quien te llamaba y con qué frecuencia.
Debía ser el invierno de mis catorce años. Nos pasábamos el día entero en la calle, jugando o charlando, pero siempre en la calle. Horas y horas de ocio que llenar. Fue ese invierno el que empecé a fumar de forma habitual comprando cigarrillos sueltos en el quiosco, Ducados a peseta Fortuna a tres. Fumaba Ducados, con cinco pesetas que nos daban entonces para 'salir' lo juntábamos entre tres que éramos las 'gamberrillas' y fumábamos a pachas cigarros que parecían porros. A veces llegábamos a la boquilla y nos quemaba hasta el humo de lo pasao que estaba el pobre....
En fin, que una tarde de sábado y como premio, habíamos comprado un paquete entero de ducados (a Maite le habían dado 25 pesetas un familiar que había venido de su pueblo), y nos sobraban las 5 pesetas de cada una. A mí se me ocurrió una idea '¿Qué os parece si llamamos a alguien y nos reimos de quien lo coja?'. A falta de nada mejor que hacer y puestas de Ducados hasta las orejas, allí que nos fuimos, a la cabina del parque (El parque fue el parque de mi infancia que hace años cambió para que las rondas lo atravesaran). Yo, muy lista y muy lanzada, cogí el duro de Franco plateado y lo metí en la máquina. A todo esto, imaginaros tres adolescentes llenas de hormonas, con un paquete de ducados por primera vez y una caja de cerillas, metidas en el cubículo de la cabina. Creo que hice más de una llamada antes de encontrar un interlocutor, aunque no estoy segura de ello. Sí en cambio tengo claro que marcando un número al azar (o varios) conseguí que me cogiera el teléfono una voz de hombre (entonces hombre para mí era todo aquel que pasaba de los 18) que muy amablemente se puso a conversar conmigo, siguiendo el rollo. En el fondo el chaval que estaba solo en casa estaba disfrutando de lo lindo de imaginar tres chicas pendiente de él. Se llamaba Paco (cosas de la vida) y tenía la voz más linda que había oido yo nunca. Las demás no quisieron coger el teléfono, agitadas por una risa nerviosa que no acababa de entender, sólo estábamos hablando por teléfono y él no nos veía. Aguantó estoicamente hasta que se acabó el duro y el pitido nos anunció el adiós, no sin antes pedirle que nos dijera cuál era su número, ya que habiendo picado los números al azar no recordábamos cual había sido la combinación ganadora. Me dijo su número con su aterciopelada voz al tiempo que mi piel se erizaba. Anotamos el número en el paquete de Ducados
Esa fue la primera vez que hablé con Paco por teléfono, pero no la última. Recuerdo incluso haber llamado yo sola más de una vez, sin haber depositado ni una peseta, sólo por escuchar su voz al contestar 'Digame' (qué tiempos cuando se contestaba así al descolgar el teléfono) justo antes de que el sonido de la moneda que no cae (por no existir) cortara la comunicación. Fantaseaba con él, le ponía cara y cuerpo, y en las ocasiones en que pudimos dedicarnos a hablar (es decir cuando renunciaba a fumar para pagar por oírle) su voz era capaz de despertar hasta el último vello de mi cuerpo a su antojo.
Lo mejor de esta historia de la cabina del parque, es que estaba situada justo frente a un bar de barrio de los que son habitados por hombres únicamente, que jugaban a las cartas o al dominó. Y que aunque la cabina tenía su cubículo cerrado, lo cierto es que entre las ventilaciones de abajo y los gritos que dábamos las hormonasagitadas con piernas, la confidencialidad no existía. Ahora recuerdo, también, que cuando los móviles no existían, el control de las llamadas que uno recibía en casa era tremendo '¿Está Paco?' 'Sí, de parte?' Joer, que estaba claro que sabía toda la familia quien te llamaba y con qué frecuencia.
PD: Ya se veía venir que en cuanto conociera el messenger sería peligrosa xDD.



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