Ejecución de planteamientos
Hoy no he ido a trabajar. Llamé a primera hora diciendo que me encontraba mal, que tenía el estómago hecho un cisco y por supuesto, coló. Lo cierto es que me he sentido un poco mal por todo ello, pero no había mejor modo de hacerlo. Como había dicho hace unas semanas, estaba planteándome cambiar de trabajo. Sabía que la cosa no iba a ser fácil, porque una de mis amigas se quedó sin trabajo hace un par de años y tardó más de un año en encontrarlo. Las mujeres siempre lo tenemos más difícil, digan lo que digan quien lo diga. Seguimos siendo consideradas 'no rentables' desde que estamos en edad de ser madres hasta que entramos casi en la menopausia. Por supuesto que no estoy de acuerdo con ello, ya que creo que las mujeres tenemos una capacidad de trabajo que supera al sexo opuesto, llevándonos a ejecutar nuestras tareas en un tiempo inferior para así contrarestar el tiempo que nos ausentamos en cuidado de hijos. Pero bueno, sigo con el tema en cuestión.
Estuve ojeando anuncios, sabiendo ya de antemano que no podía optar a un trabajo en las condiciones del mío actual. Las administrativas se solicitan mucho más jóvenes que yo. El caso es que uno de los factores que estaba mirando era el horario, el poder dedicar menos tiempo al trabajo sin que ello supusiera un inconveniente, es decir, que pudiera entrar ya con una jornada parcial. Además que fuera de mañanas, porque así podría trabajar mientras mis hijos están en el cole y podría ir a recogerlos por las tardes. La cosa quedaba reducida a dos sectores básicamente: la limpieza y el telemarketing.
Digamos que estos sectores no se caracterizan por los ingresos que uno puede obtener, sino por un horario bastante flexible tanto para la empresa como para el trabajador. En ambos sectores había trabajado hacía años, por lo que a pesar de la dureza moral del marketing telefónico pensé que podría ser una opción mejor que la de la limpieza (el cuerpo se resiente con los años y con los excesos). Me zambullí de cabeza en empresas del sector, desde las más conocidas hasta aquellas pequeñitas que hacen de empresas externas de las grandes. LLevo desde el día 22 de abril, domingo, que compré La Vanguardia mirando sin parar, exactamente dos semanas. Pues bien, ayer, descubrí un anuncio que me pareció sumamente interesante y no sólo por los requisitos que pedían (que cumplía sin problemas) sino porque los ingresos a ganar eran superiores al resto. Así que como lo que interesa es la pasta, y aún sabiendo que probablemente era un engaño y que todo consistiría en un fijo más comisiones que nunca conseguiría, decidí llamar.
Una mujer sumamente agradable de trato recibió mi llamada. Tras la frase 'Llamo por el anuncio' tan poco personal ella me invitó a explicarle si había trabajado alguna vez en el sector, si sabía en qué consistía el trabajo, si me gustaba hablar (A MI!!!!!!) y si me gustaba hacerlo por teléfono. Por supuesto que con la más dulce de mis voces contesté a sus preguntas, extendiéndome cada vez que la pregunta daba pie a ello, para así poder demostrar lo que adoraba hablar por teléfono. Tras una buena charla y de extensión considerable, me dijo que le había gustado mi trato correcto, educado y respetuoso, mi vocabulario y el timbre de mi voz, y dado que el trabajo se desarrollaría por teléfono, creía que nada de lo que vieran podría impedir que optara seriamente al puesto. Así que esta mañana tenía la primera entrevista de trabajo y ha sido ese el motivo por el que sin que nadie lo sepa (ni siquiera MM) he llamado al trabajo argullendo un dolor de estómago (que por otra parte era cierto que lo tenía pero a causa de los nervios) y tras acicalarme como si fuera a una primera cita, he cogido mi moto y me he dirigido a ella.
No me pilla demasiado cerca de casa, más bien incluso más lejos, sólo que al ir en moto las distancias no son tan importantes, y en sólo diez minutos más que mi actual trabajo podría llegar. El local no está a pie de calle (cosa habitual en este sector) sino que está en un edificio de viviendas, en la zona de Urgell y muy próximo a la Gran Vía. Uno de esos edificios de hace años, de techos altos y grandes dimensiones desde que te adentras en la portería. Un conserge me pregunta a qué piso me dirijo 'Al tercero' y me sonríe maliciosamente. Supongo que debo ser la chiquicientosmil de hoy y sabe que tal como entran se van y yo no seré la excepción. En la pared junto a la puerta sólo un discreto cartel en metacrilato con un nombre de empresa que ni dios conoce. Pico al timbre pero no oigo el sonido del mismo, confío en haber picado bien y espero comprobando que llego lo suficientemente puntual como para perder los tres minutos que me hagan saber si piqué o no piqué. Pero no es necesario tanta espera, la puerta se abre y una mujer de unos cuarenta años rubia teñida y cuerpo tan frágil que parecía que pudiera quebrarse en cualquier momento, me invita a entrar.
Ante mí y justo frente a la puerta una mesa totalmente adecuada a las tareas de despacho tras la que se ven unas estanterías repletas de archivadores, algunos libros y diversos montones de papeles. La mesa está vacía y frente a ella no hay sillas donde se pueda atender a nadie. Me conduce hacia la izquierda (menos mal que acierta) y recorremos un largo pasillo con puertas a ambos lados, como si fuera un hotel, pero más próximas, todas ellas cerradas. AL final de ese pasillo (¿Cuántas puertas habré contado? ¿10?) llegamos a un despacho muy iluminado decorado en líneas sobrias y modernas, donde tras entrar cierra la puerta. Me invita a sentarme en uno de los sillones de piel que hay frente a la mesa y ella se sienta al otro lado. Inicia una charla repetida supongo que cientos de veces diarias sobre el poder del teléfono hoy en día en la vida, en el mundo y en todos los sectores. Asiento convencida (lo estoy) y sigo escuchando lo que espero no sea un monólogo aburrido y cansado (que lo parece). Suena el teléfono y atiende la llamada tras un 'Discúlpame un momento, por favor'. Mientras ella habla y en ese absurdo intento de evitar oir la llamada, cosa que no sucede aunque claves la vista en el suelo sin levantarla de allí ni un segundo, mi vista se pasea discretamente por el despacho. Es así como puedo percatarme de algunos detalles que de otro modo no habría ni siquiera visto. La charla se está desarrollando tras el 'De acuerdo, pásamelo' , en francés, así que aunque quisiera no podría pillar más que alguna palabra suelta y si la dice separada del resto de la frase. Sí, no tengo ninguna cultura de idiomas.
Una vez finalizada su llamada de la que no se si está insatisfecha o es que le ha entrado prisa de golpe por terminar conmigo, me dice cuatro cosas más sobre el concepto de la teleoperadora, como que la imagen que damos es la que da nuestra voz, que podríamos conseguir cualquier cosa que quisiéramos sólo usando nuestra voz, modulándola del modo que más nos convenga en función del tipo de interlocutor que tengamos al otro lado. También me dice que la psicología es sumamente válido en este mundo, tanto como el don de gentes (nunca supe porque le llaman don al hecho de ser respetuoso, cordial y educado), y que debemos saber adaptarnos a lo que nuestro interlocutor nos demanda, haciéndole creer que lo que le ofrecemos es realmente lo que él necesita. Por supuesto no ha dicho nada descabellado. Y añade que el mejor modo de conseguir que seamos agradables en el trabajo es tener un ambiente cómodo y propicio, por lo que me iba a enseñar las instalaciones y luego seguiríamos hablando.
Salimos de ese despacho y recorremos el mismo pasillo que recorrimos de ida y donde las puertas siguen cerradas y ningún sonido sale de ellas, y seguimos hacia el ala derecha, cuyo pasillo viene a ser quizás algo más largo que el izquierdo y también con puertas a ambos lados. Finalmente abre una de esas puertas, en el lado izquierdo del pasillo derecho, y aparece ante mí una imagen insólita. Una habitación oscura, sin luz del exterior, sin ventana, con unas dimensiones que deben ser de dos metros por dos metros. La puerta se abre hacia dentro y hacia la derecha, y al abrirla del todo toca la pared. Justo enfrente una mesita con un teléfono y una lamparita. A la izquierda una cama cubierta con una colcha azul marino lisa. Las paredes también parecen del mismo color. La cama es una turca, sin cabezal, sólo cuatro patas. Sobre la cama un par de cojines, en rojo, como la lámpara de la mesita. Tras el primer momento de choque sonrío, sin ser consciente, por esos colores, los del Barça. La mujer me explica que es el mejor modo de trabajar, que así puedo atender cómodamente a mis clientes. Mi cara se transforma por momentos y un nudo me aprieta el estómago ¿De qué coño me está hablando?. Me invita a sentarme en esa cama y le hago caso totalmente impactada por el 'lugar de trabajo'. Me dice que puedo estirarme mientras trabajo si me siento más cómoda o bien permanecer sentada, que el teléfono es inhalámbrico para que tenga más libertad de movimientos. Sigo impactada porque no sé si me está proponiendo prostituirme o bien es que en esta empresa las cabinas son así. La observo a ella pero nada me hace pensar que sea una 'madame' (por dios qué antiguedad de término), así que dentro del surrealismo de la situación me atrevo a preguntarle directamente en qué consistía exactamente el trabajo. 'Tienes que contar cuentos eróticos por teléfono'. Mi ignorancia me lleva a pensar que no se si consiste en leer un texto que te dan ya hecho o bien tienes que crear tú mismo un relato erótico. Y una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro..¿Te imaginas leyendo yo mis propios relatos impersonales? ¿Alguien sería capaz de pagar por oirme leer mis relatos? El ego se me va hinchando poco a poco y la posibilidad de trabajar escribiendo, con lo que me gusta hacerlo, así como el leer...ufffff....me ilusiono y sonrío de nuevo.
La mujer ha visto esa sonrisa y cree que ha llegado el momento para pasar al siguiente paso, así que me saca de esa habitación y me lleva al final del pasillo de la derecha, a una sala que sí que parece, por fin, un despacho de marketing telefónico. Allí me hace sentarme frente a una centralita y saca un par de auriculares para ella y otro par para mí, y me indica que me los coloque. Obedezco sin preguntar, sé en qué consiste el aparatejo de marras. Con él se pinchan las llamadas de los operadores y así se comprueba por una parte que están hablando de trabajo, y por otra se ve cómo argumentan, cómo plantean, cómo trabajan. Así que me coloco los auriculares y me dispongo a escuchar. Pinchó un par de llamadas hasta dejar una que hacía poco debía haberse iniciado. Lo que oí me dejó totalmente paralizada, sentí cómo se me encendía la cara y cómo mis brazos perdían toda fuerza. No podía ni ponerme de pie, tal era el estado en que me vi sumida de repente. No se sorprendió en absoluto la jefa, así que supongo que mi reacción fue completamente normal, dadas las circunstancias. Me mantuve atenta a la conversación hasta que esta finalizó, minutos más tarde. Ella me preguntó '¿Entiendes en qué consiste el trabajo?' Por supuesto que lo entendía, ¿cómo no iba a entenderlo?. Salí de allí mustia y sombría, como un sauce llorón, tras coger lo que la jefa me tendió acompañada de la frase 'Míratelo y si estás interesada ya sabes lo que tienes que hacer'.
Desde entonces he estado dándole muchas vueltas al tema. El sueldo es casi tanto como el que gano actualmente, sólo que en sólo cinco horas diarias. Podría pedir una excedencia de un año y probar, o bien podría olvidarme de todo y seguir en mi actual trabajo. Podría hacer mil cosas, y sin embargo, lo único que he hecho esta tarde ha sido esto:
Etiquetas: RELATO IMPERSONAL



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