La ternura...
La ternura entró por su ventana una mañana, sin que ella ni siquiera apreciara el movimiento de la cortina que la ternura movió. Se sentó a contemplarla a cierta distancia antes de acercarse y pudo ver como ella sujetaba la armadura de dureza metálica a su cuerpo. Miró atentamente el ritual con el que tiraba de las cuerdas del corsé de la impermeabilidad de sentimientos. El metal se adherió a su piel fundiéndose con ella y adquirió nueva consistencia. La ternura permanecía impasible mirando desde su prudente distancia cómo ella se impedía voluntariamente vivir. El corsé metálico que limitaba sus acciones ( agacharse, contonearse o andar ligera) cumplía su función: impedir que ningún sentimiento hiciera mella en su corazón y en su ánimo.
En algunas ocasiones había recibido la intrusión del dolor que se siente cuando se ama grande, otras el dolor de sentir que el tiempo pasa de manera inexorable, algunas más el dolor de sentirse sola en la tristeza...fue entonces cuando perfeccionó la coraza para fundirla con su piel a diario. Es cierto que había perdido sentimientos positivos, pero todo en esta vida tenía un precio.
La ternura, en silencio, tras haber sido testigo de los gestos habituales, adoptó la forma exacta del crochet que cerraba el corsé y se coló dentro de su piel, directa al corazón.
Desde entonces cada día la ternura iba ganando terreno a la insensibilidad, llegando a ganar la batalla a fuerza de entrega y generosidad. Hoy ella es feliz de sentir, aunque, es cierto, a veces ría y otras veces llore. Ese es el precio por vivir ...
'A la orilla de la chimenea' Joaquín Sabina.
Hoy es nuestro santo, Joaquín, así que felicidades aunque no lo celebremos ni tú ni yo.
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