Recuerdos navideños 1
El frío parece que por fin ha llegado a mi ciudad, lo que no sé es si se quedará finalmente para recibir el año nuevo, o se irá en pocos días de nuevo.
El lunes llegué al trabajo helada, porque no me había puesto aún ropa de invierno ni para ir en moto. Las manos, a pesar de los guantes, estaban heladas. Y he recordado los inviernos de entonces, cuando yo solo era una niña, y el mundo no se parecía en nada al mundo que tenemos ahora, o al menos mi percepción era tan distinta…
En aquellos tiempos el invierno era despiadado. Las temperaturas bajaban y permanecían allí durante semanas y semanas. En los hogares (me encanta esa palabra que automáticamente nos lleva a un escenario diferente a si dijera ‘en las casas’. Y lo hago así porque entonces todo era más entrañable, más…) no teníamos calefacción, sino en el mejor de los casos una estufa de butano que se colocaba en el comedor o un brasero bajo la mesa camilla (nosotros no teníamos mesa camilla ni brasero). Aún recuerdo como nos acercábamos a ella, por orden de prioridad por eso. Mi abuela siempre era la más próxima, chumarrascándose las zapatillas (de guatiné) de tan cerca que colocaba los pies. El resto recibíamos lo que podíamos coger, ni más ni menos. Ir al lavabo era toda una aventura…te levantabas, corrías hasta llegar, y una vez allí lo hacías todo rápido, para evitar que se te congelara el culo. ¡Cuánta agua ahorrábamos por no levantarnos ni a mear! Y lo de lavarte las manos con agua caliente cada vez…ni pensarlo! Con agua helaíta de las cañerías…lo que decía, ¡cuánta agua ahorrábamos!
Y el olor del butano quemándose en el comedor, que te dejaba esa sensación de abotargamiento en la cabeza...
Y meternos en la cama? las sábanas heladas (a mi abuela le ponía mi madre una bolsa de aquellas de agua caliente para que calentara la zona de los pies), y el peso de las mantas, que además como usábamos más de una, cada una se desmandaba para un lado, y acababas desvelada en mitad de la noche buscando aquella manta de las tres que tenías que había desaparecido en algún rincón.
También recuerdo un gorro de pelo gris de mi madre, al estilo de cine de entonces. Me hacía ponérmelo aunque me muriera de vergüenza, y siempre decía ‘Ande yo caliente, ríase la gente.’ Cuántas veces no habrá dicho eso mi madre ¡ Y a pesar de abrigarnos que parecíamos toneles, llegábamos al cole congeladas. Las yemas de los dedos de las manos y los pies, eran como estalactitas…un golpe seco y me los habrían partido. Y nos peleábamos las 45 niñas que éramos entonces en la clase para poner nuestras manos sobre el radiador de la clase, y si cierro los ojos…vuelvo a notar de nuevo el dolor que producía el calor sobre esos miembros congelados (Algo parecido a cuando se te duerme la pierna, que duele pero sabes que tienes que pasar el proceso).
Mi madre tenía aquellos detalles...como encender la estufa y tirarse un rato calentando delante de ella las camisetas de ropa interior que nos teníamos que poner al levantarnos. Y nos tejía jerseys. Jerseys que eran gustosos y que abrigaban, cuando el hacer punto no era un hobby, sino una manera de ahorrar dinero.
Siempre que pienso en aquellas navidades, mi madre tiene un papel protagonista. Nada hubiera sido tan mágico, tan tierno, tan limpio si ella no hubiera sido como era. Y pensar que nunca le he dado las gracias por ello...
El lunes llegué al trabajo helada, porque no me había puesto aún ropa de invierno ni para ir en moto. Las manos, a pesar de los guantes, estaban heladas. Y he recordado los inviernos de entonces, cuando yo solo era una niña, y el mundo no se parecía en nada al mundo que tenemos ahora, o al menos mi percepción era tan distinta…
En aquellos tiempos el invierno era despiadado. Las temperaturas bajaban y permanecían allí durante semanas y semanas. En los hogares (me encanta esa palabra que automáticamente nos lleva a un escenario diferente a si dijera ‘en las casas’. Y lo hago así porque entonces todo era más entrañable, más…) no teníamos calefacción, sino en el mejor de los casos una estufa de butano que se colocaba en el comedor o un brasero bajo la mesa camilla (nosotros no teníamos mesa camilla ni brasero). Aún recuerdo como nos acercábamos a ella, por orden de prioridad por eso. Mi abuela siempre era la más próxima, chumarrascándose las zapatillas (de guatiné) de tan cerca que colocaba los pies. El resto recibíamos lo que podíamos coger, ni más ni menos. Ir al lavabo era toda una aventura…te levantabas, corrías hasta llegar, y una vez allí lo hacías todo rápido, para evitar que se te congelara el culo. ¡Cuánta agua ahorrábamos por no levantarnos ni a mear! Y lo de lavarte las manos con agua caliente cada vez…ni pensarlo! Con agua helaíta de las cañerías…lo que decía, ¡cuánta agua ahorrábamos!
Y el olor del butano quemándose en el comedor, que te dejaba esa sensación de abotargamiento en la cabeza...
Y meternos en la cama? las sábanas heladas (a mi abuela le ponía mi madre una bolsa de aquellas de agua caliente para que calentara la zona de los pies), y el peso de las mantas, que además como usábamos más de una, cada una se desmandaba para un lado, y acababas desvelada en mitad de la noche buscando aquella manta de las tres que tenías que había desaparecido en algún rincón.
También recuerdo un gorro de pelo gris de mi madre, al estilo de cine de entonces. Me hacía ponérmelo aunque me muriera de vergüenza, y siempre decía ‘Ande yo caliente, ríase la gente.’ Cuántas veces no habrá dicho eso mi madre ¡ Y a pesar de abrigarnos que parecíamos toneles, llegábamos al cole congeladas. Las yemas de los dedos de las manos y los pies, eran como estalactitas…un golpe seco y me los habrían partido. Y nos peleábamos las 45 niñas que éramos entonces en la clase para poner nuestras manos sobre el radiador de la clase, y si cierro los ojos…vuelvo a notar de nuevo el dolor que producía el calor sobre esos miembros congelados (Algo parecido a cuando se te duerme la pierna, que duele pero sabes que tienes que pasar el proceso).
Mi madre tenía aquellos detalles...como encender la estufa y tirarse un rato calentando delante de ella las camisetas de ropa interior que nos teníamos que poner al levantarnos. Y nos tejía jerseys. Jerseys que eran gustosos y que abrigaban, cuando el hacer punto no era un hobby, sino una manera de ahorrar dinero.
Siempre que pienso en aquellas navidades, mi madre tiene un papel protagonista. Nada hubiera sido tan mágico, tan tierno, tan limpio si ella no hubiera sido como era. Y pensar que nunca le he dado las gracias por ello...
Etiquetas: RECUERDO



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