18 febrero 2007

Rutina....

La mañana comenzó como tantas otras, con el sonido del despertador de su mesita de noche. Se levantó rápida, como siempre. Adoraba levantarse por las mañanas y empezar un nuevo día. Adoraba su actividad de primera hora, mientras los demás dormían aún y ella empezaba a trajinar en la cocina. Prepararse el café y tomarlo tranquila, sin ruidos, sin interrupciones. Ese era el mejor momento del día, de sus días.


Entre sorbo y sorbo del café se dejaba invadir por pensamientos que a veces no tenían ni pies ni cabeza. Ese era su momento, sólo suyo, y por tanto permitía que todo fluyera.


Antes de terminarse el café, que deleitándose como lo hacía, solía durar unos cuantos minutos, oía como su esposo iniciaba el día. Los pasos por el pasillo, cansados, con pies que se arrastran, y un ritmo característico de musicalidad apagada. El ruido de la cisterna, el sonido del agua correr por las tuberías tras abrirse el grifo...


Los pasos llegan justo a su lado, y recibe un beso en la mejilla, monótono y sin vida, que forma parte del ritual. El se pone el café y se sienta a su lado en la mesa, con los ojos aún medio dormidos y su mente totalmente. Sorbe el café sin beberlo, produciendo aquel sonido que a ella tanto le molesta. Un día más. Un día más él calla mirando al infinito mientras sorbe el café. Un día más ella le mira esperando ver algo de luz en su mirada.


Se levanta él tras haber bebido su café y se dirige al dormitorio, donde se vestirá deprisa. Mientras, ella sonrie. Inicia su actividad con nuevos ánimos. Va a buscar el cubo de la ropa sucia y empieza a llenar, seleccionando, la lavadora. Oye el ruido de las llaves de él, y sale de la cocina para despedirle. Un fugaz beso en los labios es suficiente para seguir su rutina. Y ella cierra despacio la puerta tras él.


Los niños aún duermen. Queda más de media hora para que tengan que levantarse. Vuelve a la cocina y sigue llenando la lavadora. Lo deja todo preparado para en cuanto den las 8 ponerla en marcha. Y se dirige al baño.


Se contempla en el espejo. Aún se ve atractiva. Le gusta verse reflejada en él. Le gusta la mirada provocadora a veces que la mira. Y empieza a desnudarse, de manera ritual, frente al espejo. Contemplando la imagen que va reflejándose. Hay algunas partes de su cuerpo que no le gustan, como la flaccidez de su barriga o la celulitis que empieza a asomar en sus nalgas. Pero hay otras partes que adora contemplando, como sus pechos de pezones para su gusto perfectos, sus hombros insinuantes. Se mira de perfil tras quitarse el pantalón. La tira del tanga, la piel aún bronceada, el culo respingón.


Juega con su pelo. Un pelo negro y largo, con cuerpo. Se lo recoge en parte, mientras tirabuzones caen sobre sus hombros desnudos. De perfil y de frente. Sonríe. Inventa una mirada lasciva y entreabre los labios insinuante. Deja caer el pelo.


Desnuda completamente, empieza a lavarse los dientes. Otra rutina, lavarse los dientes siempre antes de entrar en la ducha. Mientras lo hace no deja de contemplarse. Se gusta y hasta incluso a ratos se adora.


Se mete en la ducha y deja que el agua vaya cayendo, hasta que salga caliente. Mete la pierna bajo el grifo para comprobar la temperatura. Lo hace con un gesto coqueto, mientras apoya el pie en el filo de la bañera y para su vista sobre su pulserita tobillera. No está nada mal, se susurra. Y el agua está ya caliente y se mete bajo ella y se inunda de su ardor y disfruta de su intimidad.


La mejor manera de empezar el día es esa para ella, un buen café y una buena ducha. Hace años que no hay nada mejor para sus mañanas.


Se hidrata con crema, aprovechando el gesto para disfrutar del momento. Quedan sólo unos minutos para que toda su paz termine y se aferra a esos últimos instantes.


Despierta a los niños con un dulce y animado 'Buenos días! Es hora de levantarse...' y se dirige de nuevo a la cocina a preparar sus desayunos. Sonríe mientras vierte la leche al pensar que ya son grandes y no la necesitan a ella en cada gesto. Oye las carreras en el pasillo y los primeros empujones por llegar antes al baño. Las primeras discusiones del día. Enciende la lavadora. Inspira y sale de la cocina para intentar apagar conflictos.


Mientras ellos desayunan acompañados de la tele (no entiende porqué sigue consintiendo ese mal hábito) prepara los bocadillos que llevarán al cole. Los mete en sus mochilas y aprovecha para ir ventilando las habitaciones de los niños. La suya ya está, así que puede ir haciendo la cama.


La agotadora tarea de conseguir estar listos a tiempo para llegar sin prisas al colegio la deja exhausta. Merma su ánimo y su moral. Pero cada día supera la prueba física. La mental hace tiempo que le dejó huellas que son heridas que nunca curan.


Deja los niños en el colegio, y de camino para casa aprovecha para pasar por el mercado, el super, y la panadería. Cada día hay algo que debe hacer antes de regresar a casa, algún extra.


Y de nuevo en casa, en su reino, en su soledad. Pone la música, alta, está casi sola en el bloque de vecinos, y al ritmo de ella se dedica a sus tareas. Sacar la compra y colocarla en su sitio. Hacer las camas de los niños, mientras va pensando qué hará hoy para comer. Y en cuanto acaba de las camas, vuelta a la cocina a preparar con calma la comida. El guiso ya está en marcha. Pasa la mopa y repasa el baño, eso como tareas diarias. Necesita otro café. Apaga la música.


Mientras lo toma lee el diario gratuito que cogió de camino antes. Al menos podía estar al día gracias a ese mínimo contacto con el exterior.


Una vez acabado el café tiende la ropa, y mira el reloj. Pocos minutos le quedan antes de tener que ir a buscar a sus hijos, así que ¿para qué correr?. Con parsimonia prepara la mesa para comer. Va hacia el equipo de música y con calma selecciona el próximo CD. Play.


Cierra los ojos un instante y por ellos pasan las imágenes de tiempos pasados. De deseo y de pasión con el esposo, cuando aún tenían aquella complicidad que la hacía sentir única a los ojos de él. Cuando se pillaban en la escalera de casa, sin esperar a abrir la puerta, y él la besaba devorándola, mientras sus manos se volvían locas con su cuerpo, haciéndola enloquecer a ella también. De susurros dulces y promesas de actos lascivos, de caricias tiernas y gestos firmes para poseerla.


Sonríe recordándolo. Abre los ojos y se aleja, pero sólo de la cadena de música. Se deja caer en el sofá justo cuando la siguiente canción la lleva a la primera vez que se tocaron. Cierra de nuevo los ojos, mientras sus labios de adolescente reciben el primer beso de ese primer amor. La sensación suave y tierna de los labios de él sobre los de ella. Cuando soñaban con ser uno, con poseerse y entregarse. Cuando nada podía tener más fuerza que su amor.


Muchos años pasaron desde entonces. Ella seguro ha cambiado, se dice mil y una vez, pero asegura que él lo ha hecho mucho más que ella. Se integró en el sistema, acabando con todo lo que hasta entonces eran. Su relación se ha convertido en una rutina monótona, de sexo aburrido, de amor sofocado y pasión inexistente. Sin ilusión por sorprenderse, por regalarse el uno al otro. Amor fijo de salario medio sin espíritu de superación ni satisfacción personal.


Reemprende su día. Apaga la música y sale escopeteada a buscar a los niños al colegio. Cuando vuelve con ellos ya está un poco más quemada de su vida. Mientras les coloca los platos piensa en lo difícil que es ser madre en estos tiempos, cuando los niños se cuestionan cada uno de los actos de sus adultos, cuando su egoísmo anega a los padres.


La puerta se abre y entra el esposo, que tras quitarse la chaqueta e ir al lavabo, se sienta en la mesa a plato puesto, que para algo viene cansado de trabajar para que no falte de nada ni en esa mesa ni en esa casa. Ella le sirve, sin ánimo.


Cuando acaban de comer esposo e hijos van al salón, y se sientan en el sofá mientras ven en la tele Los Simpson. Ella recoge la mesa, la cocina, llena el lavavajillas y prepara el café. Lleva el café al sofá al esposo y se sienta ella a su lado en el sofá, con la esperanza de una mano dejada caer como por casualidad sobre su pierna, como cuando adolescentes siendo novios, que la mano caía allí y luego recorría acariciante hasta la parte interna del muslo, haciéndola sentir el deseo que hace años que no siente.


Pero la mano del esposo permanece sobre el mando a distancia, indiferente al muslo que se muestra próximo.


Acaba el café y lleva los dos vasos a la cocina, al tiempo que empieza a dar las instrucciones oportunas a sus hijos. Lavaros los dientes, peinaros , poneros los zapatos y la chaqueta. El esposo en claro estado de letargo despierta a tiempo para hacer lo mismo que hicieron sus hijos unos minutos por detrás, alcanzándoles al tiempo de salir de casa. Ella les acompaña hasta la puerta y les besa uno a uno, con la frialdad de la rutina. Se ahorra el viaje de vuelta al cole gracias al esposo.


Debería planchar, se dice. Pero su estado anímico anda cada día más bajo y deshecha la idea. Ya habrá tiempo de hacerlo a la noche. Ahora estaba sola, debía aprovechar ese tiempo para ella. Pero...¿qué podía hacer para ella? ¿cual de todas las cosas que hacía correspondía a su mundo? ¿qué quería hacer? ¿qué la llenaba a ella?


Unos minutos, un repaso primero superficial y luego más detallado, para descubrir que no tenía vida propia. Sus actos diarios estaban vinculados única y exclusivamente a su familia. No había ni una sola actividad en su vida que la satisfaciera a ella, nada que hiciera de lo que realmente le gustaba. Pero ¿qué le gustaba?


Hizo un esfuerzo mental buscando algo que sin duda debía hacer por su propia satisfacción. ¿Qué fue lo último que hizo por deseo personal? Su mente retrocede en el tiempo, a la búsqueda de algo suyo, únicamente suyo.


Se remonta a sus tiempos de adolescencia, cuando podía encontrarse en un bar ante unas cervezas charlando sobre temas trascendentales, disertando sobre filosofía, sobre política. Las lecturas de Hesse. Los campamentos tocando la guitarra y cantando a todas horas, con jornadas de reflexión sobre las diferentes facetas de la vida, cuando los sueños aún eran esperanzadoras realidades. ¿Y los amigos? ¿Donde quedaron los amigos? Por el camino. Todo se quedó en el camino. Demasiado equipaje para una sola mochila. Selección forzosa.


Y ahora se encontraba con una vida por la que había optado seleccionando las diferentes opciones en cada paso que no la satisfacía. Carencias. Todo lo que tenía ahora eran carencias de renuncias autoforzadas. Vacío. De mochila vacía en este punto del camino. Repostar. Necesitaba llenarse de nuevo para no sentirse tan vacía como se sentía ahora.


Se viste de nuevo para ir a buscar a los hijos y llevarles la merienda. Por el camino sonríe entre la estupidez y la inocencia, con la ilusión del propósito que empieza a cobrar forma en su cabeza. Besa a su hijo pequeño fuerte, al tiempo que le abraza y le dice un ' te quiero un montón, tesoro' y le da el bocadillo con una sonrisa. Se acerca el mayor, que sale de otro pabellón de la escuela, y sin ningún preámbulo se agacha y lo estrecha entre sus brazos, se aleja a contemplarlo sin dejar de abrazarle y le besa de manera sonora en la mejilla 'no sabes cuánto te quiero hijo' le dice al tiempo al oído. Ambos niños se miran extrañados y el pequeño lleva su dedo a la sien en un ademán de 'está loca'. Pero ella sonríe todavía, y se lleva las mochilas para casa mientras ellos se quedan en el patio jugando mientras meriendan, esperando que llegue el momento de entreno de fútbol.


Ella llega a casa, deja las mochilas y vuelve a salir deprisa. Entra en una tienda y se compra un coqueto conjunto de lencería. Pasa por el herbolario y compra incienso en unidades sueltas, aromas afrodisíacos y excitantes. Regresa a casa a tiempo de colocar a buen recaudo su compra, y una botella de cava en la nevera. Y sale de nuevo a recoger a sus hijos de entreno. En las gradas esperando que sea la hora, comenta con otras madres, cosas normales, de los hijos, de los maridos, de la vida. Y dice cuántas ganas tiene de salir un fin de semana, con los niños y con ellos. Y el resto se suma a la iniciativa que adivinan genial.


Y cuando llega la noche y los niños se acuestan y el esposo se queda dormido en el sofá mientras ella recoge la cocina, ella empieza su aventura.


Llena la bañera, disuelve en ella unas bolas de aceite y otras de sales. Se introduce en el agua muy caliente y se acaricia. Deja reposar la cabeza en el filo de la bañera, al tiempo que sus manos se dedican a acariciar su cuerpo. La suavidad de su piel gracias al aceite de baño hace despertar el deseo dormido. Juega en solitario unos minutos. Sale de la bañera y va hacia el dormitorio, donde enciende el incienso y un par de velas. Se viste con su nueva lencería y encima la bata de estar por casa. Aún hace frío.


Abre la botella de cava antes de ir al salón y sentarse sobre el esposo. El apenas abre los ojos un segundo y vuelve a cerrarlos. Ella le besa. Suave al principio, dulce, tierno. El parece despertar entonces y responde a los besos de ella. No solo responden sus labios, sino que nota el despertar debajo de ella. Los besos se vuelven apasionados y cálidos. Se levanta y vierte el cava en dos copas, él se levanta y la acompaña. Beben. Se miran. Sonríen. Se besan. Ella lo lleva al dormitorio, donde emprende la contienda del cuerpo a cuerpo, con generosa entrega y apreciada recompensa.


Y se duerme exhausta y feliz, satisfecha de sí misma, más llena que el día anterior. Las inquietudes la hacen sentir viva, a pesar de la carga de ansiedad, de miedo, de infelicidad.


Inconformista de la rutina en búsqueda continua de sentirse viva...

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