31 diciembre 2006

OTRAS NOCHEVIEJAS

Sentada en aquella silla de plástico de la sala de espera del hospital municipal, fumando aquel cigarro que la llenaba de calor por dentro, se dijo que nunca sería capaz de adaptarse a aquella situación, que jamás podría inmunizarse a ese dolor. Ser madre era sinónimo de dolor, de entrega, de servicio, de amor, de renuncia, de sacrificio, de ternura, de responsabilidad…ser madre era algo que le venía grande, que le faltaba fuerza para seguir adelante con ello. ¿Porqué nadie le dijo lo que dolía ser madre?

Hacía ya varias semanas que hospitalizaron a su hijo de pocos meses, tras habérselo encontrado prácticamente muerto en su casa. Problemas respiratorios, dijeron. No era madre primeriza, así que los médicos no la trataron como a tal, es decir, con la cara de gilipollas típica de aquel que se cree superior a ti. Desde el primer momento que entró en aquel hospital, le arrebataron al bebé de sus brazos, al tiempo que un dispositivo se puso en marcha. Médicos, enfermeras y auxiliares se pusieron manos a la obra para salvar a su pequeño. Ella se encontró apoyada en una pared, observando como desde fuera de ella misma la película que tenía delante. Parecía un capítulo de la serie americana de ER (Urgencias). En pocos minutos su pequeño estaba entubado, con una vía puesta y un montón de medicamentos administrados. Ella seguía allí inmóvil junto a la pared, sin inmutarse, sin llorar, sin temblar…como en estado de shock, cuando la doctora se dirigió a ella:

- Ya pasó el peligro. Cuénteme qué ha pasado.
- Llevaba unos días constipado, le llevé al pediatra que me recetó un mucolítico y que volviera en tres días si no mejoraba. Y no mejoraba. Su respiración era dificultosa, y por eso no paraba de entrar a mirarle. Justo esta última vez no oí su respiración, ni su barriga se movía, le giré y seguía sin respirar, sin moverse…asustada le cogí, le zarandeé, pero seguía sin reaccionar, así que le dije a mi hermana que abriera el balcón y saqué allí al niño, al tiempo que lo agitaba…y consiguió respirar. Después sólo correr para llegar aquí.
- Le ha salvado la vida, señora. Al sacarlo al balcón con el frío ha conseguido crear una reacción que ha abierto sus bronquios, lo justo para que aguantara vivo hasta llegar aquí. Sin saberlo ha hecho lo mejor que podía hacer.

Luego todo fue una charla sobre el ingreso, el equilibrio, mantener los niveles de oxígeno en sangre, algo sobre la saturación…y paciencia. Una vez a solas con su pequeño, su pequeño poseído por los cables y los tubos, se dio cuenta de la gravedad de la situación, de lo que se había jugado esa vez, y de que casi le había perdido. Y un desgarro en su corazón, por primera vez.

Después de haber pasado varios días el resultado no era esperanzador. Le costaba mejorar. Por una parte no podían bajar corticoides sin una recaída casi automática, por otra parte no podían retirar el oxígeno durante más de 15 minutos diarios sin riesgo a que la saturación bajara de nuevo por debajo de los 90. Así que los días se sucedían iguales unos tras otros entre aquellas paredes de su nuevo hogar. Mientras, su hijo mayor, que era un niño todavía, quedaba a cargo de la abuela. No, eso tampoco era fácil. Nada de lo que estaba pasando era fácil. Y después de los tres primeros días de permiso en el trabajo, debería reincorporarse de nuevo al trabajo. Llamó solicitando una solución, renunciar a parte de su salario, lo que fuera por seguir junto a su hijo.

Las estancias en los hospitales nunca son plato de gusto para nadie, pero cuando es la vida de tu hijo la que estás viendo peligrar, todo cobra otra dimensión. Y las estancias largas tienen algo que hace que otros valores entren en juego. Las amistades con otros padres que tienen hijos también en situaciones parecidas son muy enriquecedoras. Nada de hipocresía, ni de palabras vacías, sólo sinceridad sólo comprensión. Y compartir el dolor que cada uno siente por su hijo es algo que une más que cualquier otra experiencia en la vida, y que solo puede saber el que lo haya pasado.

Al cabo de más de una semana se han creado unos lazos fuertes, una empatía, un sentir…y siempre acabas viendo alguien que está peor que tú, siempre. Por más que creas que no puede haber nada peor que lo tuyo siempre hay algo que supera no sólo lo tuyo, sino cualquier cosa que hayas imaginado jamás. Ella aprendió muchas cosas, y una de ellas es que LA REALIDAD SUPERA CON CRECES A LA FICCION.

En la sala habilitada para fumar se daban cita los padres y madres, allí no solo fumaban, sino que podían charlar con confianza, sabiéndose del todo comprendidos. Aquella maldita planta de pediatría del hospital tenía a enfermos de distintas dolencias, todos ellos graves, y a enfermos de cáncer. Así que si creéis que alguna vez habéis tenido que ver algo duro, imaginad lo que se puede vivir allí cualquier día.

Los enfermos de cáncer venían de varios puntos de España, no sólo eran de la ciudad. Las madres que les acompañaban habían dejado sus casas para trasladarse al hospital, y muchas de ellas no volverían a casa en meses, o bien cuando la mejoría del hijo permitiera el tratamiento en su ciudad de origen, o bien cuando sólo pudiera esperar la muerte. El puto cáncer que es capaz de sesgar cualquier vida, incluso la de los más inocentes seres. El cáncer que es inhumano, cruel, injusto. Había madres que se drogaban para poder aguantar horas y horas sin dormir. Sí, eso es cierto. El día que una madre le preguntó cómo lo llevaba, si aguantaba bien las noches en vela, y ella contestó que bien, que su marido venía también, le dijo que si algún día necesitaba algo para no dormir, que no lo dudara, que ella había encontrado algo que a un precio asequible le permitía hacerlo. ‘Pero eso no debe hacerte ningún bien.’ ‘Mi hijo ya no saldrá de aquí con vida. Así que mientras él esté en este mundo no pienso perderme ni un solo minuto de su vida.’

De eso habían pasado ya semanas. Y a pesar del optimismo por haber recibido en más de una ocasión el alta, la realidad la devolvía al cabo de 24 o 48 horas de nuevo al mismo lugar. Y cada ingreso era un dolor, un empezar con más dolor, un saber ya a donde vas y qué va a pasar. Ver como durante más de una hora varias enfermeras intentan colocar una vía, pinchando sin parar, oyendo a tu hijo llorar, viendo el dolor en sus ojos, su mirada triste…y teniendo que mantener el tipo… Mantener la calma como madre, no comportarte con dramatismo ni de manera histérica, para que así te permitan estar junto a tu hijo mientras le hacen mil pruebas. Aguantar con los ojos abiertos mirando lo que nadie quiere ver, con una sonrisa en los labios y una mirada alegre hacia tu pequeño, mientras le cantas aquella canción que tanto significa en estos momentos para ti:



Y hace un rato vio marchar a Carla con su mamá, a pasar la nochevieja fuera, porque le dijeron que esta sería su última Nochevieja y le recomendaron que la sacara de allí esa noche y la hiciera disfrutar. Y madre e hija reían por salir de aquel 'hogar'a pesar de saber que al día siguiente volverían, y ya no saldrían nunca más riendo.

Por eso hoy, sentada en aquella silla de plástico de la sala de espera del hospital municipal, fumando aquel cigarro que la llenaba de calor por dentro, se dijo que nunca sería capaz de adaptarse a aquella situación, que jamás podría inmunizarse a ese dolor. Y pensó por primera vez en esos meses en la posibilidad de dejar descansar a su pequeño para siempre, quitarle el dolor, las agujas, el oxígeno...dejarle ser libre, aún sabiendo que esa libertad supondría su muerte.

¿Cómo ha sido el balance de este año 2006? Sin duda positivo, no he hecho noche en ningún hospital acompañando a un hijo mío.

¿Qué le pido al 2007? Lo que pido cada año, exactamente lo mismo: SALUD para los míos.


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