Psicología
- ¿ Y bien?
- Y bien ¿qué?
- ¿porqué está usted aquí?
- Porque mi marido me obliga, no te jode.
- Perdone, pero el estar aquí debe ser una opción propia. Debería saberlo.
- Y sabe qué debería saber usted, señor vacilón de mierda?...que me la trae floja, usted y todos los chupapollas como usted.
El hombre mira a la mujer. Pero no dice nada. Sólo la observa. Al cabo de varios minutos en que ella ha tenido tiempo de mirarse hasta el esmalte de las uñas de sus pies, y justo cuando iba a encender un cigarrillo, él la interrumpe.
- Lo siento, pero no está permitido fumar aquí.
- Entonces ¿se puede saber qué coño pretende que haga aquí?
- ¿Quiere explicarme algo sobre su marido?
- Si quisiera lo haría, pero no me da la gana. Quiere decirme usted hasta cuando voy a tener que estar aquí, tengo ganas de irme ya.
- Mis visitas son de dos horas, y llevamos menos de media hora. En sus manos está el determinar cómo quiere emplear ese tiempo.
Ella le miró con indiferencia primero, con rabia después.
- ¿Encuentra un problema usted el que una mujer quiera follar cada día? ¿Cree que es una enfermedad desear practicar sexo a diario? Míreme bien, y dígame ...¿porque coño mi marido me rechaza tres veces de cada cuatro?
El hombre experimentado en estas circunstancias se limita a guardar silencio. Pero ella no ha terminado.
- Me consumo y nadie lo entiende. ¿Sabe cómo me siento cada vez que me rechaza? ¿Sabe después de tantos años de renuncia cómo me siento? NO. No tiene ni puñetera idea. De días trabajando como una cabrona, entregándome a sus hijos y a la casa, y reconstruyéndome a diario para que encuentre en mí una mujer...No. Usted no sabe lo que se siente cuando una se convierte en todo lo que imagina que él puede querer. Soy su mujer, su amante, su confidente, su puta..sin embargo él siempre está cansado para mí.
El final de la frase ella lo dice ya sin gritar, casi como un quejido lastimero. El se acerca a ella, sabiendo que ha conseguido vencer la primera barrera, ha conseguido que ella se abra, que rompa el hielo inicial.
- ¿Le apetecería darse una ducha ahora
Ella le mira casi sin entender.
- Acompáñeme, se sentirá mucho mejor. Déjeme hacer a mí.
Y él la coge de la mano, y con dulzura y firmeza la lleva hasta un baño enorme con jacuzzi. Y mientras va llenándolo de agua, la empieza a desnudar. Ella se deja hacer, sin colaborar demasiado en ello. Cuando él la ha dejado sólo en ropa interior, se aleja de ella y la mira desde la perspectiva de la distancia.
- No podría entender nunca que un hombre rechazara un cuerpo como el suyo.
Ella no parece la misma que empezó el relato, ahora parece una mujer tímida, reservada y educada. El se acerca a ella de nuevo, con una mirada de deseo en sus ojos, y junto a ella empieza a desnudarse. Despacio, muy despacio. Ella contempla la escena, sintiendo plenitud por el goce de la entrega de él. EL cuerpo de él resulta ser escultural, cultivado y currado a fuerza de horas de gimnasia. El de ella es sólo un cuerpo que no ha perdido del todo el esplendor tras una maternidad triple.
La acompaña hasta el jacuzzi, y justo antes de invitarla a entrar le quita el sujetador liberando esos pechos que reaccionan rápidamente a la situación. Ella se quita el tanga, despacio, con coquetería y se introduce en el agua casi hirviendo y lleno de burbujas efervescentes. El se acerca, se introduce también colocándose tras ella y la acaricia. Primero los hombros, el cuello, la espalda. Sus manos con una destreza digna de un profesional se emplean a fondo en el cuerpo de ella, sin prisa, sin pausa. Los gemidos de ella empiezan a cortar el aire. Y él sigue haciendo, avanzando poco a poco hasta hacerse con su pechos, cuya fina piel sumada al tacto de la espuma, hacen que hasta él no pueda evitar un suspiro quedo. El tacto de los pezones, aquel trofeo digno de cualquiera que consiga estimularlos hasta hacer enloquecer a su propietaria...Sus manos siguen su recorrido ahora hacia el abdomen, y llegando al principio del pubis. Tiene una bonita depilación, como pudo comprobar cuando se quitó el tanga. Alguien que se esmera tanto en ese detalle sabe disfrutar de su cuerpo dejando que otros lo hagan también, sin duda. Introduce sus dedos en su sexo, y ella se estremece con un quedo 'ummm' mientras abre más las piernas para facilitar la tarea de él. Cuando los movimientos de ella indican que necesita algo más, él la ayuda a cambiar de situación, indicándole un asiento en el propio jacuzzi, donde ella se sienta permitiendo que él hunda su cara en su sexo, sin dejar de gemir, de estremecerse....el placer es tan grande que busca donde agarrarse para no resbalar. Dos barras metálicas convenientemente colocadas en la pared la ayudan. A ellas se agarra con fuerza mientras su cuerpo se relaja y se deja llevar a un cielo de placer creado para ella. Sus gritos son prueba inconfundible de haber llegado a la meta. Sus manos se sueltan y su cuerpo resbala voluntariamente para meterse de nuevo en el agua. El la contempla, satisfecho de su labor, y mientras sale del jacuzzi le dice:
_ La espero fuera, tómese el tiempo que necesite.
Minutos más tarde salía ella del baño, vestida de nuevo, como si nada hubiera ocurrido. El está sentado en el sillón de antes, bebiendo un zumo.
_ ¿qué le debo?
_ 200 €.
Ella dejó el dinero en el buffet, y se dispuso a irse. El no pudo impedir una última pregunta:
- ¿Quién le recomendó mis servicios, si no es demasiada indiscreción?
_ Ya se lo dije antes, el cabrón de mi marido.
Y salió de allí. Una vez en el rellano respiró hondo. Se giró y releyó la placa de la puerta que decía :
Luis Hernandez Muñoz
Psicología de calle:
autoestima, ánimo y carencias personales
Etiquetas: RELATO



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